Érase una vez una pareja que no era del todo feliz. Y no lo era a pesar de tener casi todo para conseguirlo…
Ambos se conocían bien, ambos tenían buenos trabajos, una bonita casa en la playa, y muchos amigos que les querían.
A pesar de tener todo, como ya hemos contado, había algo en ellos que les impedía el deleite… Nadie sabía el qué.
¡Ellos sí lo sabían!
Ellos tenían todo para ser felices de mayores, pero tenían un vacío muy importante en su corazón, provocado por esa terrible infancia que unos padres – obsesionados con el futuro – dejaron sin pasado.
Ellos, al mirar atrás, no se veían en una playa tirando piedras con papá y mamá, ni en un campo arrojados adrede sobre la hierba, ni siquiera en el sofá de casa jugando o viendo la tele en compañía… Papá y mamá siempre estaban fuera, y, cuando estaban dentro, parecían fuera también. Era como si aquellos teléfonos dirigieran sus vidas, y no al revés.
Ellos dos, mejor que nadie, sabían que la felicidad personal es la más importante, y que siempre está atada a otros que, sin saberlo, mueven los hilos de lo que será el transcurso nuestra vida. Unos lo llaman destino, otros lo llaman tiempo, otros lo llaman suerte… Pero el verdadero nombre de la felicidad era aquel que ellos no recordaban, y que los demás llamaban papá o mamá…
Y es que el resto de tu vida depende de aquello que te dieron – o no – en tu infancia…
Y que conste que no hablo sólo de juguetes
¡Chin Pum!
Imagen: Ginger y Fred. Autoretrato. Federico Fellini,  1986