Cuando él salió de su casa era ya, para todo el mundo, todo un hombre.
– Sal ya – le decían unos.
– Tienes que marcharte – le decían otros
– Tus padres no pueden estar cuidándote toda la vida…
Esas fueron frases atroces que le hicieron alejarse de aquella vida dulce en la que sus padres siempre estaban a su lado, y en la que él disfrutaba estando siempre al lado de ellos…
¿Por qué tenía que irse de ese lugar donde tan bien estaba? ¿Por qué tenía él que dejar  de ser un niño?
Pero la misma vida, el maldito paso del tiempo, y la obtusa sociedad, le obligaron a emigrar de su casa, de alejarse incluso de su ciudad, y de abandonar a aquel niño que quería seguir siendo.
Así tuvo que dejar el nido, alejarse de papá y mamá, y salir a ese cruel mundo y enfrentarse a él en solitario, pisando siempre con miedo, pero siempre también con firmeza, para hacerse eso que todos llamaban “un hombre”.
Hace ya más de treinta años que Juan salió de aquella casa que ahora está siempre cerrada porque sus padres ya no están, y ahora todos le piden que vuelva ¡Ahora! cuando ya nada queda.
– Vuelve a tu casa – le dicen unos
– la tierra tira – le repiten otros
– ¿qué haces aquí teniendo allí una casa vacía…?
Sólo él sabía que, ya cuando salió de aquella casa, y aunque todos le vieran como un hombre, él era más niño cada día que pasaba.
Y es que aquel hombre-niño recorrió aquel camino huyendo de una niñez de la que nunca quiso huir, y por eso cuando llegó al final del camino y observó todas y cada unas de sus huellas se dio cuenta de que todo el rato no había estado haciendo otra cosa que volver a ese sitio del que nunca tenía que haber salido.
¡No te vayas de tu casa nunca!

Imagen de Ezra Jack Keats para The Snowy Day